“DIALOGOS”
de
Vicente Zito Lema
HABLAN:
Horacio Gonzalez
Juan Carlos Volnovich
Alfredo Grande
Enrique Carpintero
Vicente Zito Lema
INVITA:
Editorial Topía.
Martes 14 de Agosto a las 20 hs.
FM LA TRIBU.
Lambaré 873
Ciudad de Buenos Aires
Amigos
Recordando a Mario Hernández y Roberto Sinigaglia
y los demás amigos desaparecidos.
Esto es lo que somos: hojas en la tormenta
Apenas hojas de luz pobre
golpeadas
hundidas
vueltas a surgir
Este es nuestro corazón: un cauce tumultuoso
y severo
Estos son nuestros ojos: tierra arrasada
¿Y qué son nuestros sueños sino sábanas que
apestan a desgracias nocturnas?
¿Y qué son nuestras manos más que una despedida
incierta
la puerta de pino rústico que se abre
al desamparo
el hueco donde desliza sus fiebres
el amigo perdido…?
Cómo detener el recuerdo que calma…
Cómo volver a esos pocos días en que la aventura
se aligeraba entre arenas no tocadas de
grano fino
entre riachos florecidos que siempre
conducían al mar
Un mar silvestre y furtivo llamándonos
llamándonos
ofreciendo la miel de la maravilla posible
el vaso de la celeste igualdad…
¿Tendrá el viajero marea alta cuando llegue
a puerto? ¿Habrá brisa suave en
su ribera?
¿Alguien esperará a ese viajero purificado
por la larga travesía
al amigo que sufrió en su cuerpo todas
las tormentas?
¿Alguien lavará de sus ojos la pesadilla…?
Moriré sin tener unidas en mi lengua
la tierra y el cielo
Alimentaré a un árbol un pez o un
perro sin haber visto la corona
de rosas en la frente del perseguido
He aquí mi imagen: un veterano de duelos
otro extenuado cazador
de palabras que confunde su cabeza en
el barro
(Alcoholes alcoholes pesadillas del exilio que
acosa y por sobre todo esta ronda de
espejos y tragedias cuando llega la noche…)
No hay donde acudir desnudo y solo
¿Serás tú demencia la nube que calmará
una conciencia que hierve en la desgracia?
¿Tú demencia a la que toco para saber
cómo es el rostro del ángel que me espera…?
Esto es lo que somos: criaturas sin palabras
ante el discurso de Dios
Criaturas sin lágrimas ante el dolor de la
Madre del Amado
Criaturas que caminan frente a los ángeles que
vuelan
Sí: humildes criaturas de la tierra
saqueadas hasta en sus lágrimas y palabras
Hojas de luz pobre con las que se ensañan
los ángeles de la muerte
(¡enorme manto! ¡agua estremecida!
¿Pero qué has hecho de mis amigos / ángel oscuro?
¿En qué pozo o campo de lamento continuarán su
historia?
¿Por qué te apoderás de sus latidos / ángel
insaciable?
¿Por qué me ahogas?
Vuelvo a escribir
Por un momento dejé de hacerlo: necesitaba mirar
a mis hijas
Nada turbaba su sueño
El horror de la noche decaía junto a ellas
Festejé su presencia en el atierra
Acaricié ese resplandor o plegaria de luz
que bajaba desde el cielo hasta sus rostros
Y supe que allí está intacto todavía
mi amor por Dios y por los hombres
Con paz en esto que se llama alma o
corazón o profunda raíz
de la conciencia
Te espero sin derrotas ángel de la muerte
Hasta el último momento la memoria
nuestra pequeña alegría
¡Hermoso mundo! ¡Hermoso mundo!
amigos míos.
Buenos Aires, 1976
Hablar de Eva
Por Vicente Zito Lema
¿Desde dónde hablar de Eva?
¿Desde un sueño en el principio de nuestra juventud, ella con su pelo
en el aire sobre la cresta de las nubes, sosteniendo una espada gigantesca
y sin dejar de sonreír, o sea con toda la gracia, embiste ella que no es más
que una frágil muchacha de pechos diminutos, embiste y embiste contra
ese buitre de penacho negro, hábil para el desguace, terco y paciente,
que el fin hunde su pico de navaja entre sus ojos y ella cae, y todo se llena
de sangre, y el aire bulle, el aire ya no es aire, pesa, y el buitre levanta vuelo
y sube a la montaña y desde allí vigila a los que avanzan penosamente por
el camino?
¿Desde sus sueños de infancia pobre, en Los Toldos, tapada su cabeza con
una frazada para escapar de la mirada fija de ese padre que recién conocerá
en un cajón de muerte; desde su cuerpo tapado con papeles que no engañan
al frio mientras escucha el tropel de potros y tiembla ante los alaridos
de la indiada que nacen desde abajo de la tierra como nacen una y otra vez
los huesos de los vencidos ?
¿Desde la mansa Junín, cuando ella se sentaba a contemplar las danzas
del cielo y recitaba sonetos de amor y hacía con sus manos sombras chinas
y todas las ceremonias del teatro, hasta el día que llegó un cantor de tangos
que la sedujo con su voz de hombre triste, con la promesa de esa llave
que le abrirá las puertas de la ciudad lejana, donde los folletines de radio
se cumplen siempre con final feliz?
¿Desde su desamparo vulgar de muchacha provinciana en la Buenos Aires
de las seis terminales de trenes a vapor y de las grandes marquesinas
tan próximas y tan lejanas por donde bajan las estrellas de las broadcasting
con sombreros de plumas y zorros plateados sobre los hombros ligeramente
perfumados, rumbo a ese palacio de músicas y bailes donde ella no va,
porque todavía la cenicienta del cuento no ha encontrado al hombre poderoso
que la besa y redime de la bastardía y de cada hora de hambre y de cada caricia
que no fue legítima, porque sólo los ángeles tienen el derecho de acostarse
a nuestro lado desnudos y sin amor?
¿Desde el amor, desde qué amor; el amor que gratifica y repara a la hora
de los lobos cuando suena el teléfono y una voz extraña nos dice que
nuestra madre ha muerto; el amor que se frustra y engendra el odio, ese
pájaro perverso que se mete en el alma y la transforma en cueva; el amor
que se sabe frágil y se pretende eterno; el amor en donde se confunden
para la suprema edificación del hombre, las obsesivas ideas de salvación
y perdición del espíritu; el amor que se evade de sí y busca su recinto
allí donde están los otros hombres con sus historias pequeñas y diarias,
únicas; el amor que destruye al mundo del no amor para crear en el amor
el único cielo que está en la tierra; o acaso ella quiso ser algo más que la
plena luz del amor?
¿Desde dónde hablar con Eva, o Eva Duarte, o Eva de Perón, su negrita
-¡que se casen, que se casen! Les gritaron sin camisa, frente a la casa,
o sea sus hermanos que pedían para ella un final con Libreta del Civil
y fiesta- , o Evita la de todos, que es decir la que fue y puso el cuerpo
para que muchos años después, años que acaso no alcancen a ver nuestros
ojos, cuando tanta obstinación se cruce de una vez y para siempre con la
historia, alguien con aire doctoral pueda decir: en los antecedentes de nuestra
revolución hay una mujer, y muestre su retrato, y otra generación se enamore
como nos enamoramos nosotros cuando éramos jóvenes y la muerte
tocaba su tambor en la casa de enfrente?
¿Desde la actriz en giras dudosas por teatros dudosos y hoteles también
dudosos; la de Betty, Peggy, Mary, July, dulces y adoradas rubias de
New York, estrellita Eva sin mayor estrella?
¿Desde el terremoto de San Juan, cuando entre lutos y beneficios por los
que lo perdieron todo se cruza con el Coronel y comienza la leyenda
de dos, como un canto de muchos que se bifurca hacia el infinito?
¿Desde un Octubre 17, y ella que sale y ella que no sale, ella heroína
o temerosa soñadora; ella que va en busca de los que hacen la historia
o los que hacen la historia cruzan los ríos, cruzan los puentes, y la hacen
a ella, quieren tener algo dulce y bello para luchar con más ganas, o para
morir con menos miedo, igual que un corazón en el medio del tiempo?
¿Desde todo lo que quitó con odio cantando como una niña: el que le quita
a un ladrón tiene cien años de perdón; desde lo que dio con amor, o sea
desde ella y por ella, porque de ella eran el hambre de muchos que mitigó,
las heridas que cerró, las humillaciones que lavó, las bocas enfermas que
besó; esa boca crispada que lanza las señales a la multitud, esa boca
convertida en llamarada que anuncia: vendrán por la revancha, vendrán
otra vez para humillarnos, vendrán por la noche con sus cuchillos del
degüello, y quién será vigía cuando no esté yo?
¿Desde su rostro de bella porcelana de Limoges, sus aires de señora,
su peinado de rizos, sus vestidos largos de Jaumandreu y ese rubí y esa
perla y todos los juegos de cortesana y todas las mascaras del ceremonial
que probó y dejó, porque no eran de ella sino que pasaban por ella
purificados como en un capítulo más de la gran novela, porque quienes
en verdad estaban allí eran miles de muchachas de barrios y provincias
con sus boquitas rojas y felices, al menos por unas horas, y salvadas,
al menos por unas horas, de la fealdad y la pena; porque donde ella estaba
era en la fuente, lavándose los pies con un gran movimiento sensible
por medio del cual los pies lastimados de los otros llegan a ser sus pies
de bailarina que corre por las calles y danza entre nubes como
si fuera la aurora?
¿Desde el poder que tuvo en sus manos y dejó escapar como lluvia
entre los dedos y no como oro que no se repite, porque el poder que
llevó al país por donde el país anda tiene dioses, a los que ella no adoró,
y tiene reglas para subvertirlo de cuajo que ella no cumplió, son reglas duras
las de la revolución, y no se olviden que ella era una muchacha romántica
movida como todos saben por el amor, o por el odio, que también se sabe
vive bajo el mismo lecho y usa la misma sábana?
¿Desde dónde hablar de ella ahora que como nunca hace falta; ahora
que el cansancio y la desesperanza nos amenazan, nos invaden;
ahora que la otra cara de su belleza es la fealdad de esos hombres que
saltan del folletín y buscan instalarse en el poder con sus muecas y
sus risas y sus manos que no olvidan de apretar la soga que nos anuda
la garganta?
¿Desde la conciencia de clase que tuvo y los enemigos de clase que se ganó,
porque se cosecha lo que se siembra y ella ¡vaya que sembró!?
¿Desde las milicias obreras que deseó hasta poner el deseo en la punta
de sus dedos, que nadie antes que ella tuvo tan claro en este siglo,
en estas tierras perdidas del sur, de qué manera se ganaba o se perdía
la partida?
¿Desde la justicia con el esplendor de un delirio
que la quemó en la hoguera?
¿Desde el hierro de su mano con que marcó la frente
del traidor?
¿Desde la mujer que votó; desde la mujer que puso su pie en la política
para poner sentimientos donde sólo había impiedad y negocios;
desde la mujer que se quedó en la Plaza de las grades fiestas y allí enterró
a sus muertos y allí tuvo sus hijos que ahora busca los jueves en la misma
Plaza, de espaldas al río, a despecho de olvidos y perdones?
¿Desde su enfermedad, pobrecito su cuerpo; ella sin otro hijo que el cáncer
en las entrañas; ella de 33 y ya santa; ella orada, ella con flores, ella pedida
como se pide que venga la luz después de la tormenta que parece eterna
y aterra?
¿Desde su renunciamiento, o sea la caída de un proyecto, o sea la derrota
de ese gran salto hacia adelante que pudo ser y no fue, porque sólo fue
el comienzo de la gran marea que levantó los cuerpos por las alturas
y los estrelló contra las piedras y los convirtió en nada de vida,
apenas jirones de rostros y de hombres que el viento trae y lleva,
ni siquiera hojas para la tierra, tumbas como cántaros para recoger
las lagrimas?
¿O debemos hablar desde su muerte en días en que se juzga a los dueños
de la muerte? ¿O desde su vida, ella saqueada hasta en sus últimas palabras
pero viva?
Viva y erguida con su dedo acusador dividiendo las aguas.
Anunciando en nuestro silencio herido sin ángeles ni profetas
que la muchacha del gran amor volverá blandiendo su espada
y será millones.
Rapsodias de la pobreza
Por Vicente Zito Lema
I
Sin mirada de amor
Que de sentido
Al vacío que lo espera
En el pozo que lo traga
Con suavidad de lengua
El que vive su luz
Sobre el cuerpo en llagas
De la pobreza mata
Su eternidad de agonías
Tras la sombra implacable
De quien tan solo muere…
II
Por no pagar más tributo
en el reino del infierno
Ni rendir buena plusvalía
con el final del hueso;
Por obstinarse en seguir vivos
y reproducirse sin pavor / sin temblor
sobre las camas calientes y los espejos frío
aunque la cuenta del almacén resulte una ventana al abismo
y suba el costo de la vida como los pastos incendiados
Por tales crímenes de saña y de alevosía
y otros de estirpe semejante
Los pobres deberán cumplir con su condena
bajo sol o bajo lluvia impía:
Entregar el alma como si fuera el oro del río
Tapiar con gruesas pesadillas la conciencia
Convertir sus cuerpos que bien conoce el demonio
en el vaciadero del mundo…
III
Desnudos…
Con una mano adelante y otra mano atrás
Sorprendidos…
A la vera del camino
En su inocencia que espanta
Mientras la tarde languidece
Mientras el sol pasa
del amarillo al rojo
Y llena de belleza
Los vasos de la vida…
Ellos miran a lo lejos
muy a lo lejos…
IV
Como lluvia del alba
Como una huella en los vuelos de la espuma
Tan así porque sí igual que la belleza
cuando decae el día
Y la vida no tiene otro sentido
que estar vivos y coleando
sobre una bóveda cargada de estrellas…
Sin conocer con sus cuerpos mayores alegrías
Pagaron por igual y con esos mismos cuerpos
Que nadie ni nada rescata
La deuda atroz que el amor
Tiene con la pobreza…
V
Músicas, suspendidas en los hilos
de las sombras…
Ya nada cambiará las reglas del juego…
Un juego con cartas marcadas
y apuestas que exigen tajadas de carne…
La noche sigue anochecida…
Y el agua es quieta y arde de turbia
en el lecho del lago…
Vacíos son los ojos de la muerte…
Fatigoso, su aire…
La niña que ayer nos dio
su danza amorosa
Hoy saqueó el alma de los cadáveres
en el hospital de pobres
Con minuciosa risa…
VI
Tristezas, en el patio trasero de la vida…
Hemos nacido más que tarde… La ilusión huye
con pasos de gigante…
Ciegos, en lujuria de luz…
Mudos, ante el derroche impiadoso
de la pobreza
No hay bien, en la soledad del espanto
Ni maldad, en los ríos continuos
del sacrificio…
Y hasta el silencio
Que alguna vez brilló como dorada ausencia
Opaca sus alas en un vacío
que ya no es cielo…
Oración
Leída en la tumba de María Angélica Sabelli
Por Vicente Zito Lema
Señor no sé si María Angélica creía
o no creía en vos
tampoco sé si al final del día / a la hora de los lobos
y las nubes negras / ante el espejo del justo amor
eso sirve para algo / más que un ruego o una servidumbre
pero no dudo que estuviste a su lado
cuando la torturaron y otras agonías / como lluvia de vidrio
en la comisaría de Villa Martelli
y que fuiste vos quien arrimó un poco de paz
por piedad o bondad una gota de rocío / agua del milagro
sobre su cuerpo enloquecido / vuelto carne en la carne machucada
de tanto golpe / a pura picana / ese cuerpo abierto y padecido
hasta convertirse en muchedumbre de dolor / en sinfonía de espanto
Señor ella tenía el pelo negro (como ala de pájaro)
los ojos traían la luz de quien mira más allá
y su mano pequeña había escrita alguna vez / bien grande
y a los apurones
PERON VUELVE
o acaso dulce patria mía
como quien dice vuelve la alegría / los niños no vivirán para la muerte
vuelve a limpiarse un poquito el cielo que abundó en la sangre
o mejor aún como quien siente
que la patria es un murmullo de vientos
y de músicas sagradas
un aliento que tiembla / una arenita que se queda
para siempre en los dedos…
Señor recuerdas cuando en la cárcel de Villa Devoto
ella se subía a la ventana y miraba los cielos que nacen
detrás de los rojos cielos
¿miraba la muerte que le venía pronto?
¿miraba esos pasos que no daría?
¿ese mar silencioso que le esperaba?
¿pero sus ojos eran el mar / sus manos eran el fuego
en la mañana breve?
¿su vida una esperanza que se desvanecía / una nube
de ángeles desnudos?
Señor no habrás olvidado
cuando a María Angélica la llevaron al sur (como si fuera ganado
y no aleluya)
y que en la celda de su última penal
ella acomodaba su poca ropa / leía
poemas para sus compañeros
planeaba la libertad
y esperaba alegre la llegada de cada último
domingo del mes
para ahuyentar la melancolía de sus padres / su sonrisa
era una gloria para ellos
Señor conoces toda la historia
la fuga / la toma del aeropuerto / un avión que no aterriza /
su entrega a los jueces / la promesa / las fuerzas de la Marina /
sus últimas noches en la base Almirante Zar (de espaldas al mar)
y de cómo vejaron su cuerpo de niña / su alma de niña
que anhelaba las glorias…
ella estaba en un pasillo con la cabeza baja (¿y las nubes… y las nubes…?)
llevaba sus mantas y esperaba
un nuevo interrogatorio
una nueva tortura… (¿un abandono sin respuesta para el
ayúdame Dios mío…?)
Señor primero fue un tiro en el brazo / después le destrozaron la nuca
y aunque ya estaba muerta
volvieron a pegarle un balazo en la cabeza (…la sangre / la sangre…)
Señor para esa madrugada no tengo pájaros del cielo ni belleza
de la tierra
no tengo otra cosa que el recuerdo de la madre de María Angélica
mientras viajábamos a rescatar su cuerpo
no tengo más que esa sonrisa de antes
que conocía de María Angélica
la sonrisa de quien tenía veinte años el pelo negro
y alguna vez había escrito en la paredes / en los muros / en el agua…
su grito de vida
su grito de tempestad
su grito por el grito de los 16 asesinados
por su sangre en las paredes en los pisos
en las caras en las manos en el país en los olvidos
Señor la joven viajera no se resigna
no se resignará Señor
¿Señor esperas de nosotros el olvido?
¿el olvido Señor y así perder el amor de ella / ella que
era criatura celeste del amor…?
¿así perder la revolución de ella / ella que
vivía como si fueran eternas cada hora de la revolución…?
¿y así dejar marchar el tren que lleva a los sueños
como olas bravas a la mar / la savia al girasol /
o sea la vida a la vida…?
Quien olvida traiciona Señor
Nuestra gran memoria
Nuestra única riqueza
La debida aventura
Esa estrella gigante
El único camino.
Vicente Zito Lema
Memoria de aquel agosto de 1972
Memorando el 11 de Septiembre en Chile
Sueña una vez más Salvador Allende
Por Vicente Zito Lema
Si las manos de la abuela no tuvieran
esa mala enfermedad que las tiembla
por cierto cumpliría las reglas de su oficio
y haría un buen pan que tendría las formas
del rostro de Salvador
lo comeríamos en silencio cuando anochece
y así quedaría en nosotros mucha de la fuerza
del compañero asesinado
Tampoco cuesta imaginar que si la muerte al abuelo
no lo hubiera buscado
podaría sabiamente las ramas de la viña
para que otra vez su vino fuera una fiesta
lo pondría sobre la mesa
larga y de madera perfumada que resiste todo
como la patria de Salvador
la luna brillaría sobre la tierra
y el aire del patio sería el espeso aire
de las minas de cobre
por las que también luchaba
el compañero asesinado
El resto de nosotros no tiene buen oficio
las mujeres aman y sueñan
socorridas por la esperanza
arreglan la casa
o trabajan en inútiles oficinas
mi padre a su vez tiene los ojos azules
día a día más ausentes
y carga y descarga ese viejo revolver de
cowboy que nunca usó
Qué pueden ofrendar entonces
al compañero asesinado
más que una nueva tristeza o un brindis
de duelo en una vieja historia
Y si hay un oficio para esta noche
francamente estéril / acaso macabro
es este de escribir / sobre el agua / en el viento
cuando las palabras son herramientas
que han perdido todo su conjuro
ya no calman al tigre ni detienen el veneno
y si digo Salvador Salvador no aparece
ni se para la sangre de su boca
ni mira una vez más los celestes
ni ayuda a crecer al árbol que amaba
y por más que grite miserables / asesinos
los miserables y asesinos
seguirán fusilando por la espalda
uno a uno
a los francotiradores de lo único posible
seguirán bombardeando las fábricas la minas
seguirán enlutando
paseando las perras del exterminio
por los barrios de Santiago y Valparaíso
Pero aún así las palabras
esta noche de duelo
son carne podrida
es necesario sacarlas
hasta quedar más desnudos que nunca
más en hueso todavía
la guerra es larga continúa
y nuestro es sólo el balbuceo
estamos aprendiendo a hablar y a caminar
Ven Salvador
deja por un instante los silencios
danos tu mano que nunca será fría
y sueña una vez más con nosotros
en voz alta en alto cielo
Ha llegado el día de mañana
Ha llegado y para siempre.
Cuestiones con la vida (De Nueva York a Kabul)
I.
Escribo en este domingo de octubre mientras no cesa la lluvia, que pareciera eterna, y la poca luz que resta de la tarde se convierte en sombras.
Otra vez la guerra. Caen las andanadas de misiles sobre la comarca yerma y tan herida de Afganistán.
La anunciada venganza del Imperio se consuma. Más que ruin, ostentosa y aséptica. Desmedida en su despliegue de armas y riquezas. (Salvo los cuerpos nada hay que tenga el precio de un misil en Afganistán.)
¿Qué se castiga? ¿Cuál es el verdadero fin del exceso?
¿Qué pueden destruir que no sean vidas y montañas? ¿Eso se pretende, acabar con las vidas y las montañas?
¿Qué no han destruido los nuevos salvajes durante el siglo XX? ¿Qué anuncian para el siglo que llegó? ¿Cuerpos a granel que se convierten en carroña? ¿Ríos y montañas en los umbrales de la nada?
¿Han mirado con atención el rostro del jefe del Imperio? ¿Esos ojos y esa boca mientras dice “Justicia infinita”, “Libertad duradera”…? ¡Espanto! ¡Espanto!
Cómo. Cuándo. Quién los detendrá…
¿Y mañana, con lluvia o sin lluvia más muertos sobre la comarca yerma y tan herida de Afganistán? ¿O caerán los misiles que nada tienen de música en Irak, Libia o Sudán, o Palestina? ¿El horror que viene del mar o del cielo para sellar las gargantas allí, donde la demencia militar señale enemigos o la usura de Wall Street. denuncie depósitos de gas o de petróleo listos para el saqueo?
¿Y la moral? ¿No sirve la moral para callarse la boca ante los crímenes del Imperio? ¿No sirve el arte de Whitman, Miller o Capote para cerrar los ojos ante las carnicerías con las que el Imperio anuncia el the end de su relato?
Que no haya más confusión de la debida: también dentro del Imperio hay lucha de clases, se cultiva la conciencia crítica y las voces de belleza, pero nada de nada exorciza la muerte que se convierte en solución final de los conflictos.
II.
Se preguntará: ¿Y del 11 de septiembre y de las Torres y de los muertos entre los muertos, los escombros y el fuego, qué?
Que cuando la desgracia ocurrió nuestro corazón se heló, nos tomamos la cabeza igual que de niños, confundidos, anonadados ante una realidad que desbordaba el vaso de la comprensión.
Que si fuera posible detendríamos el reloj un minuto antes del estallido para darle una nueva oportunidad a la historia.
Una historia –la eterna ilusión– donde EE.UU no fuera el morbífico Imperio que amenaza a la humanidad y esa carta de Marx a Lincoln augurándole un espacio de libertad profunda hubiera sido la campana que aún tañe en nuestras vidas.
La muerte no es belleza. La muerte no es amor.
Los cadáveres se amontonan unos sobre otros. Nada los distingue.
El alma, si existió, se ha marchado. Pobrecitos los muertos, el tufo nos ahuyenta. Qué les dará consuelo. O mejor, sentido.
III.
¿Para qué los muertos de septiembre en Nueva York?
¿Para qué los muertos de octubre en Kabul?
¿Para qué los muertos de Irak, Yugoslavia o Chatila?
¿Para qué los fríos muertos que de las calientes guerras vendrán?
¿Tan eternos los muertos como las lluvias? ¿Tan implacables las guerras como las lluvias?
¿Sirve de algo recordar que para cada día de este año las Naciones Unidas han previsto que morirán de hambre 35.600 niños? Cada día. Cada día.
¿Y estos muertos de la mayor inocencia no se mirarán, no se tocarán, no habrá llantos ni himnos ni discursos para ellos?
¿Qué categoría de las que con liviandad se juegan, “terror” o “terrorismo”, para darle nombre al horror que está más allá de la piedad? ¿O no hay palabras? ¿Tampoco nombres?
IV
¿Seguirá siendo la guerra la continuación de la política por otros medios? ¿Qué política, la que justifica la antropofagia o la esclavitud, que al fin de cuentas de ello siempre se trata?
¿Qué guerra, la que impone esa misma antropofagia y esa misma esclavitud que como todos saben en poco se distinguen?
¿Hay otra política? ¿Quién habló del bien común, del vínculo público y amoroso que se establece como ser y esencia de la existencia?
¿Hay otra guerra? ¿No se soñó con las disputas en la ley para saldar las diferencias?
¿Habrá un camino para que el fin de la antropofagia y la esclavitud no tenga un precio de usura eterna y la moneda de pago no sea la vida?
V
¿Es posible en un tiempo sin inocencia que obre la verdad en nuestro espíritu?
Si así fuera, ¿cómo distinguir el bien del mal si en el mal se asienta la razón de nuestros días…?
¿Hemos nacido para la vida o ante la vida que se torna abyecta en el sufrimiento tendremos en la locura y el suicidio la primera esperanza, el último consuelo?
¿En nombre de Alá, la inmolación que abre las puertas del cielo, porque la tierra es un espanto?
¿Para honra de Dios la muerte de quienes en su agonía llevaron su muerte hasta el umbral de esa casa poderosa donde nunca la tragedia tuvo su lecho?
¿Quién recoge la gloria de los cuerpos humillados, de los pobres entre los más pobres con los pies desnudos?
¿O ya no hay gloria porque estamos en el centro del Infierno?
¿Un demonio ante nuestros ojos? ¿O son dos?
¿O necesitamos un demonio, dos demonios, mil demonios porque en tiempos del Imperio absoluto era de buen tino callar lo que todos sabíamos: que en el origen de los actos de guerra y de sus muertos se juega como lucha de clases la propia existencia de un Imperio que hizo de las tierras un baldío y tal vez mañana un desierto?
VI
¿Tendremos en el silencio de la muerte las respuestas que nos niega la vida…?
Vicente Zito Lema, Buenos Aires, octubre de 2001.
Francisco Urondo, la poesía puede más que la muerte
I. Los escritores que la dictadura se llevó

¿Dónde está aquel libro que decía todo el agua del océano será poca para lavar una sola mancha de
sangre intelectual? ¿De qué biblioteca allanada en perversa oscuridad por el odio o el miedo, de qué casa
de infancias y recuerdos que ya no serán sepias ni olerán a jazmín, de qué despedida breve, de qué
naufragio sin costas, de qué huida a los tumbos, de qué cuerpo que se destierra pero no se va, de qué
valija por el suelo en un puerto de ultramar y sin respuestas, de qué abrigo mal abierto en una cárcel del
sur o en una comisaría para extranjeros en el norte, de qué mano temblorosa que se despide, de qué ojos
cerrados porque el dolor es mucho, de qué ultraje, de qué aullido, de qué sueño celeste o pesadilla negra
y tumefacta, de qué vida que se hizo muerte fue quitado sin piedad ni regocijo aquel libro que decía toda
el agua del océano será poca para lavar una sola mancha de sangre intelectual? ¿O nunca existió ese
libro y esas palabras para aferrarse en plena tormenta y desvarío? ¿O no fue de tantos y por años esa
mancha que no lavarán las aguas ni secará el viento del este ni el sol rojizo del desierto? ¿O ya no se ve
esa mancha áspera, quejida, esa mancha en las calles, en los muros, en la conciencia?
¿Cómo escribirás, Francisco Urondo, en la noche sin resquicios? ¿Necesitás una luz de amor?
¿Cómo escribirás en la noche sin finuras? ¿Necesitás una luz de belleza?
¿Cómo escribirás en la noche sin término? ¿Necesitás una luz de esperanza?
¿Cómo escribirás en la noche callada? ¿Necesitás una luz de alegría?
¿Cómo escribirás en la noche vacía? ¿Necesitás una luz humana?
¿Cómo escribirán Paco y todos ustedes, mis queridos amigos, caídos en la noche sin olvidos ni
socorro, mis compañeros en la ardua tarea de cazar palabras, ahora que la antigua piel de Dios está
cubierta de sangre?
II. Alguien nos espera al final del camino
Me golpeó fuerte, en la nuca, lo de Paco. Estaba en la redacción de Crisis, un compañero lo dijo, me
quedé mirándolo. Anocheció pronto, no se vieron los pájaros del presagio ni la caída de una estrella
fugaz. Sólo el frío metiéndose en los huesos; era junio en Buenos Aires y la turba de asesinos, ya de
uniforme, se alzaba contra la vida.
Caminé mucho, hubo paradas cortas para el ritual alcohol; no encontré a los que buscaba, nadie para
ahuyentar la noticia o compartir el duelo. Recalé en el Bajo, aunque por entonces no era seguro, y me
puse a borronear unas palabras. Dos años después, yo sobrevivía en un pueblito de Catalunya, lo
borroneado se convirtió en un poema que probablemente no cambiará ninguna historia. Pero Paco sí,
había cambiado la historia de muchos. Paco ahora, que se nos quedaba silencioso, había alcanzado la
hondura de humanizar las palabras. Ya no se podía volver atrás y todo lo nuevo que se creara, hoy o
mañana, se quisiera o no, lo tendría de referencia. Eso lo tuve claro aquella noche de invierno en Buenos
Aires, en un café desierto del Bajo.
En esos tiempos no nos veíamos mucho con Paco. Tampoco me arrogaré haber sido su gran amigo,
como lo fueron Juan o Roqué, a quien tanto respetaba. Pero el cariño se notaba cuando nos
encontrábamos, y estaba el haber compartido historias, por ejemplo la Universidad, cuando fue director
y yo profesor en Filosofía y Letras, el trabajo periodístico, asuntos de la poesía y hasta las visitas que le
hice en la cárcel, mientras estuvo preso en el 72.
Compartíamos, además, el gusto por la ginebra y las charlas de madrugada y una misma fascinación
por el teatro y las actrices. Y la política, claro. En los años 60 una generación comenzó, sin saberlo bien,
aunque sin timideces, a soñar un gran sueño. Estábamos marcados a fuego por la Revolución Cubana,
mejores o peores discípulos del Che y de su ética, de Camilo Torres y su pasión concreta; además,
enamorados fieles de Evita, teníamos a los sacerdotes tercermundistas por amigos, Marx y Ho Chi Minh
en la cabeza, la resistencia peronista en el corazón y el tango nos había dado el culto de la amistad y la
melancolía.
¿Quién de nosotros, lectores de Lautréamont y Artaud, Maiakovski y González Tuñón, Cortázar y
Marechal y el más cercano Walsh, y que visitábamos a Juan L. Ortiz en su casita frente al Paraná con
espíritu asombrado, no había soñado convertirse en un poeta de la revolución?
Despreciábamos, dentro de la jungla literaria, tanto a los que se amparaban en el arte por el arte, en
los juegos de palabras, en la pura reflexión o en la sensibilidad pasiva, como a los que pretendían
escribir para el pueblo desde una distancia impoluta, sin riesgos vitales, bajo la protección de las momias
de un partido y casi siempre apelando a la más grosera desvirtuación del realismo socialista.
Lo nuestro quería ser distinto. Buscábamos combinar la mejor poesía –sin privarnos de ninguna
posibilidad creativa, sin atarnos a comisarios culturales ni a la sacrosanta estética– con una experiencia
concreta, cotidiana, que nos mojara el cuerpo y nos hirviera el alma como si fuéramos los fogoneros del
tren a las estrellas. La cosa era: entregarse sin retaceos, sin clemencias ni usuras al cambio de la vida y la
sociedad.
Había que ganarse el derecho a ser poeta, y a guardar un espacio para la poesía, en el mismo foco de
la revolución. Posible o no, contradictorio o coherente, era un profundo desafío que nos movilizaba. Y
de pronto la realidad era Paco, perseguido por las calles de Mendoza, queriendo la libertad a tiros,
tomándose una pastilla de cianuro, rematado, aún vivo, indefenso y con los ojos abiertos, por unos
malandras que le metieron dos balazos en la cabeza, después que él, Paco, cubriera la retirada de una
compañera y de su mujer que se llevó a la pequeña Ángela, la hija nueva del viejo Paco, quien se quedó
adentro del coche con un revólver sin balas en las manos y que también había escrito varios de los
mejores poemas de nuestra época.
La muerte de Paco. El primer poeta que caía en combate frente al enemigo de siempre. Y la
revolución lejos, más lejos que nunca todavía. Era el invierno del 76, crecían la derrota, la muerte, los
desaparecidos, la cárcel, el destierro. Paco se había convertido en un descarnado anuncio.
Recuerdo que me fui de aquel café del Bajo con la ginebra y la tristeza a paso lento hasta mi casa. Y
me entregué como un ángel o una bestia –ya no sé y quizás tampoco importa la diferencia– a la mujer
hermosa y distante que me esperaba. Siempre sucedía así. Se perdía un compañero y uno se aferraba al
amor, si lo tenía, o a la aventura breve que se creía eterna –y acaso lo fuera– para poder sentir que
estábamos vivos, que seguíamos siendo jóvenes y fuertes y bellos, capaces de mirar al mundo con los
ojos del sueño. Lo cierto era que la flecha del destino se había lanzado y los dioses pasaban a mostrarnos
su rostro amargo.
Han pasado los años. ¿Qué de nosotros y del gran sueño? La poesía de Paco que avivaba aquel sueño
no ha perdido su frescura. Mantiene esa honda música que anuncia la mañana. De la revolución se dirá,
y acaso con razón, con la razón que se sustenta en el horror padecido, que nuestra generación, por pecar
de romántica y aventurera, por terribles errores de concepción y de método, la hizo retroceder en el
tiempo y en la conciencia social. La historia sanciona sin pudor ni piedad a los que pierden, y el proyecto
de nuestra generación fue destruido. Acepto las críticas de los otros y mis propias pesadillas. Pero
tampoco renuncio al orgullo de decir que en la época en que fue posible soñar a lo grande, fuimos
tremendos soñadores, y quienes no soñaron entonces –y ahora hablan y miran desde la soberbia del culo
sentado que nunca se equivoca porque no mueve el culo– es porque vinieron a esta tierra para arrastrarse
y no soñar. O quizás, simplemente, porque más allá del discurso, sus intereses y real ideología se
confunden con los que han sido y serán nuestros enemigos de clase. Esos que han hecho del país una
tierra baldía y de la vida una dura tristeza que se renueva. Sí, pienso en lo que escribió, en lo que hizo y
hasta la forma en que Paco eligió la muerte, y siento por él, y por tantos otros de nuestra generación,
emoción y orgullo. Así de simple.
Desde que volví al país me encontré varias veces con Javier, el hijo de Paco. Noches pasadas me
contó cosas que yo no sabía o quizás había olvidado. La compañera que estaba en el coche con Paco
logró salvarse. La mujer de Paco fue detenida y está desaparecida. Ángela, la nenita, ha sido recuperada
y ahora vive en La Pampa con los abuelos maternos. La hija mayor de Paco, y también su marido, fueron
secuestrados a los pocos meses y tampoco se tiene de ellos la menor noticia. En cuanto a Paco, está
enterrado como NN en la bóveda familiar, en Merlo, y las autoridades no han dejado siquiera poner una
placa con su nombre. Antes de morir, meses antes, hizo un testamento. Reconoció a su hija pequeña, a
quien no pudo darle su nombre por ser un perseguido, y dejó, como única herencia, los libros que había
escrito.
En estos nuevos y confusos días parece que un derrotado que viene del exilio, y que además no cree
mucho en una democracia con presos políticos, con asesinos y torturadores sueltos por las calles, tiene
muy poco para decir sin que lo muerdan los perros. Aún así me animo a sostener que Paco Urondo fue
un real poeta de la revolución.
Estoy seguro de que habrá un tiempo en que su poesía y el gran sueño, por lo que vivió y murió,
andarán armoniosamente de la mano.
Alguien nos espera al final del camino.
Post Scriptum: Escribí este texto, recién vuelto del exilio a la Argentina. ¿Qué hay de nuevo sobre Paco?
Poco a poco se han ido publicando sus poemas, aparecieron libros de investigación sobre su vida y un
documental que se anima con su historia. También hemos organizado un concurso de poesía –que a él le
hubiera gustado–, que lleva su nombre, para los presos de las cárceles de la provincia de Buenos Aires.
Algunas aulas escolares lo recuerdan, igual que la placa que un muy pequeño grupo de amigos pusimos
sobre su tumba una tarde de invierno en que, por supuesto, llovía.
III. El poeta y la poesía
Todo gran poeta nos instala en el secreto corazón de la poesía. Así sucede con Francisco Urondo. Sus
poemas trascienden las meras formalidades del canon literario, la prisión discursiva del espíritu humano
homologada como letra pura (esa extensión posmoderna de una ley más antigua, confusa y al final ni
idealista ni pragmática, sino perversa, resumida en una de sus especies como el arte por el arte).
La poesía de Francisco Urondo llega a ser la voz del eterno desgarro de la criatura humana que se
obstina en rescatar la belleza en los escondrijos más profundos de la verdad.
Dicho en otras palabras: aun en los tiempos de la muerte, o como en su momento dijera Rimbaud, «el
tiempo de los asesinos» (hablo de una reproducción material de la existencia basada en la antropofagia y
su filosofía del crimen de la pobreza), hay un bien, hay un amor y hay una necesidad de justicia que se
corporizan desde la mirada del otro, del mí que yace en ti y que desemboca en sentir como propio el
dolor ajeno (ese otro sufriente que, como escribió Rodolfo Walsh, al hablar de él habla también de
nosotros, se socorre en nosotros…) y que necesita del deseo para convertir la mortificación en devenir
dichoso.
Hay un deseo que anuncia la mañana del mañana y corporiza la poesía. Esa poesía que brilla –al igual
que las utopías, los delirios y los secretos del alma– en los poemas de Paco Urondo, a través de su
registro del «espacio de amistad» y del «espacio de amor». Esa poesía que acompañó su hermosa vida,
marcada por las prédicas éticas y políticas de Ernesto Guevara (no se olvide lo que Urondo escribió
sobre el Che y su militancia original en las Fuerzas Armadas Revolucionarias); esa poesía que
finalmente dio sentido a su hermosa muerte.
Entiéndase: no digo que la muerte sea hermosa (la muerte no es más que una topía de muerte y es
impensable desde la vida), digo que Francisco Urondo murió hermoso, resguardando hasta el final a las
mujeres que amaba, a los compañeros con quienes luchaba y a los sueños que soñó y que siempre supo
eran más que una ilusión, eran plena materialidad social que no deja de construirse, aunque sean
agónicos los retrocesos y se tiña el horizonte de sangre.
Otra vez la poesía, a la que también acudimos en la hora del consuelo (¿o acaso no hay pena cuando
traspasamos el umbral de los recuerdos…?).
Vemos a Francisco Urondo, instalado en un espacio paradojal: hay una materialidad extrema de lo
público, urdida por una conciencia crítica que arde y lo quema, y a la par una subjetividad acrecida
desde los vínculos amorosos, como un río del deshielo que recorre las mejores pasiones de la vida. Hay
un viaje. Nace una aventura, que no se desmadra, contenida desde una ética de la responsabilidad.
De allí que los poemas y demás escrituras de Francisco Urondo –sus novelas, su teatro, sus guiones–
tengan una generosa y a la par armónica capacidad de símbolo, y como muy pocos artistas en la América
Latina llega a representar la épica de toda una época y la praxis liberadora de una apasionada generación
que nunca dejó de buscar los cielos en la tierra, por más dura que fuera la porfía.
Buenos Aires, septiembre de 2006
Traduit: Feli Lansade
Passion pour la justice
Quand il vit les humbles papillons du marais
Avec leurs ailes clouées et brûlées
Sur l’autel de tous les jours,
Plutôt que d’implorer les dieux pour la justice
ou encore verser des larmes sur les vallées épuisées de la lamentation
IL A VOULU ETRE JUSTE
Les portes en cristal du paradis sont fermées
Les papillons n’auront même pas droit à la pitié, se dit-il
Dans un temps ou les cieux sont une terre sans lumière, vide
Et les fleurs de l’amour pourrissent avant de naître
Sur le rebord des tombes…
IL A VOULU ETRE JUSTE mais aucun ange aveugle ne lui donna son épée
Nul héros antique ne lui murmura de secrets, nul vent
Chaleureux et chanceux ne caressa les voiles de son navire…
A coups de dents, parmi la clameur et la fumée noire
et l’envol de corbeaux
Alors muni d’un seul bâton et d’un foulard palestinien
Sous les yeux qui brûlaient
Dans l’épaisse mer des malheurs
Il entreprit son odyssée…
Pendant que sa vie naviguait sur la crête des vagues
Il sut qu’il était une ville sur les collines de la richesse
Ou les corps dévorent les corps comme si c’était de l’or…
Et qu’une autre ville grandit et grandit encore le dos aux ordures
Et là bas, les âmes pleurent les âmes comme si c’était le pain de
dieu…
IL A VOULU ETRE JUSTE et traversa la muraille qui sépare les villes
Il sut que les murailles de pierres sont de tristes passions
Et que la dernière pierre est le silence
Il sut que les bouches du silence n’embrassent jamais
Et que le péché de pauvreté se paye par la mort…
Une nuit d’orage aux furieuses lueurs bleues
Il rêva de la déesse justice _on l’appelait Témis,
la mère des Parques_
Elle se hissait du fond des eaux et glissait
Comme un poisson de soleil entre ses draps froids…
Il s’approcha du feu, il chercha une étreinte. Elle refusa en riant.
Il sentit le mépris comme si elle était un chat de porcelaine
Tu peux juste me regarder et me désirer. Mon maître c’est la loi,
et le maître de la loi c’est le pouvoir, qui a lui-même un maître…
la mort, qui viola ma mère pour que je puisse naître _dit-elle_
et sa voix d’infante ressembla à la soie de l’aube
quand l’éclair la déchire…
Et elle sortit de sa vie comme elle sortit de son rêve
Nue et lointaine à cheval sur l’éternité…
Il ouvrit les yeux dans le noir d’une grotte de diamants…
Derrière les pins tardifs le désert bougeait
Plus rapide que le vent et aussi fragile
qu’une danseuse
Et plus loin, là ou le regard s’arrête sur les franges de
brouillard
Il put lire l’annonce de l’aube: la première étoile arrive maintenant…
La justice s’offense des passions, dit-il, presque en criant
ensorcelé par la lumière, hésitant encore
entre le rouge et les bleus qui abondaient…
Peut être la terreur lui aura séché les lèvres, dit-il, alors plus calme…
La justice serre son cul devant la richesse
et se pavane avec des airs de nymphe,dit-il, et il rit
avec le rire franc d’un marin…
Il vit mille poulains en sueur au galop dans la pampa et pensa
encore une fois à la justice…
Sa beauté sent le cadavre mais elle ne le sait pas
Née dans un temps d’esclaves, dit-il enfin
avec tristesse et épuisa sa cigarette
comme l’on épuise la patience dans les fils de l’air…
IL A VOULU ETRE JUSTE. Retourna à son navire. A son voyage.
Dans les eaux de la misère et de la boue
De la douleur qui s’éternise et se rebelle
nue comme la nuit la plus nuit
Ou ne brille même pas la consolation de la lune…
IL A VOULU ETRE JUSTE. Là bas, c’étaient les usines fermées
Les écoles tombées comme des feuilles du pire hiver, hier encore dorées,
Et les hôpitaux aux files infinies de mères et d’enfants
Que n’apaisent ni les prières, ni les malédictions
Là bas c’était la prostitution et les tubes de colle
pour les enfants qui traversent les portes de l’enfer
Là bas les branches rachitiques et les voûtes humides
on voyait les matelas en lambeaux comme des fantômes,
pour que les vieux entre leurs toux et leurs crachats
jaunes fassent le dernier de leurs rêves noirs…
IL A VOULU ETRE JUSTE et ouvrit son cœur à toutes les pluies…
Avec l’innocence du nouveau né
Avec la ferveur de celui qui décide de changer le monde
Jour après jour… heure après heure…
Jusqu’ à façonner de ses mains le miracle…
IL A VOULU ETRE JUSTE là ou le juste manque comme les lys dans
les terrains vagues
Il choisit pour port un quartier ou ce qui ne manquait guère
C’étaient les chemins qui menaient
au cimetière
Il travailla dur pour faire les briques (le plus dur fut d‘entreprendre le chantier)
Il travailla dur en construisant le centre de secours et la bibliothèque
Il travailla dur en remuant les consciences
Dans les pires des bidonvilles
IL A VOULU ETRE JUSTE:
que son action donne sens
à l’idée première de la vie
celle qui bouscule les âmes et les rêves:
lui donner comme but le bien commun
à la reproduction matérielle de l’existence,
pour que la jouissance du créé
après la nécessité,
en quête de la beauté
ne soit pas pervertie par la valeur d’ échange
ni effrayée par l’usure;
Et plus encore: que l’égalité dans les joies
de la vie soit la plus grande des joies,
dans le voyage des corps amoureux
qui s’accrochent à leurs navires…
IL A VOULU ETRE JUSTE et lorsque la faim est restée sans réponse
Il a ramassé des pierres pour accompagner les mots _et les mots
revinrent purs et plus sonores _
Et il coupa les rues, les routes, les ponts
pour ne pas couper
le fil doux de la vie.
Et il sourit de la belle arrogance du juste: nous ne sommes pas des éléphants
Qui mourons tout seuls…
Peu importe si eux ferment les yeux et nous méprisent, nous sommes toujours là…
Peu importe si eux nous déclarent la guerre, nous poursuivrons le voyage
Et avec les copains du quartier qui gardaient son navire
Il leva ses mains et les bâtons au ciel _tous ensemble _
Comme s’ils étaient la couronne triomphante de la terre…
Ce matin là, plus que jamais, la foule de toutes les demandes
était là
avec leurs cicatrices comme des milliers de couleurs
Sur leurs corps sans artifice.
Et plus que jamais les forces du pouvoir les attendaient
Habiles à leur façon,
Préparés pour une guerre de l’espace
IL A VOULU ETRE JUSTE ENTRE LES JUSTES.
En rage, avec toute l’écume de l’aube
Menaçant, prêt à piétiner la tête du monstre
A nouveau l’histoire s’obstina à montrer
Que les armes en main du pouvoir
Peuvent plus que les cœurs désarmés …
IL A VOULU ETRE JUSTE ENTRE LES JUSTES
Il aida comme il put dans le désordre du repli
Il s’occupa des plus désespérés
Il encouragea ceux qui souffraient (les balles
de caoutchouc devinrent des balles en plomb)
Les yeux exorbités par les gaz et les visions de la douleur
Il ne cessa d’être juste…
Il brûlait, il était trop jeune et n’avait pas encore goûté aux vins doux
de la nuit de noces,
Il sentit qu’il vivait les vêpres de l’adieu
Il était repéré et ils le poursuivaient
Il eut à peine le temps de tenir la main de son camarade agonisant
Ce n’est pas bien de mourir seul …
Quelqu’un doit prendre son regard …
Il est juste de mourir à ses cotés, se dit-il _peut être… _
…. Il tourna le dos au parti des assassins
Les tirs furent nombreux et il sentit qu’un nuage de bras
le hissaient une autre fois sur son navire
Et alors que le vent et les eaux le portaient d’est en ouest
Il vit que les rouges et les jaunes, humbles papillons du marais
N’avaient jamais été aussi brillants
Et brisaient de leurs ailes
Les portes en cristal du paradis…
CURSOS:
Vicente Zito Lema – Taller de Escritura
LA PUERTA Centro de Pensamiento, Arte y Salud
El arte como práctica de liberación personal y social.
Coordinado por Vicente Zito Lema.
CLASE INAUGURAL PÚBLICA Y GRATUITA: Algun dia de Febrero.
Vicente Zito Lema trasmitirá su metodología dialéctica de creación artística que denomina Antropología Teatral Poética.
El Taller se desplegará en cuatro instancias:
· Una investigación a partir de un suceso de la realidad social;
· escritura de textos a través de diversidad de géneros, formas y estilos;
· publicación y difusión de textos en diversos formatos y medios al alcance;
· puesta en escena o acto de intervención político teatral comunitaria.
En el 2011 el trabajo se centrará en el TALLER DE ESCRITURA.
La Antropología Teatral Poética no tiene por fin el entretenimiento ni la didáctica escolar; no sirve a la propaganda alienante del poder pero tampoco es pasto para diletantes; no es elitista sino social, y es romántica y utópica. Apela a un espíritu fraternal aceptando las diferencias, sin usuras ni especulaciones económicas o narcisistas. El artista que trabaje en la Antropología Teatral Poética sentirá resonar el dolor ajeno en el propio, en especial el de los pobres y excluidos, y su práctica lo identificará con la defensa de la condición humana esencial, que es la dignidad del ser, sin por ello renunciar a su ideología o a sus prácticas políticas. Por el contrario, las pondrá a prueba y las afianzará ante el desafío de libertad que provoca el verdadero arte.
Día y hora: Sábados 15 a 17hs. y 18 a 20hs.
Objetivos:
Taller de escritura
Creación artística
Metodología de investigación.
Puesta en acción y Producción de Obra: libro, fotografía, imágenes, audio, video, performance, obra de teatro, etc.
Duración: 2 meses cada módulo, inicialmente Febrero y Marzo.
Costo: $190 mensual.
1/2 Beca: solicitarla por carta a contacto@centrolapuerta.com.ar
CLASE INAUGURAL PÚBLICA Y GRATUITA: En Febrero, dia a confirmar.
Memorando el 11 de Septiembre en Chile
Sueña una vez más Salvador Allende
Por Vicente Zito Lema. Pintura Magdalena Jitrik.
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Si las manos de la abuela no tuvieran
esa mala enfermedad que las tiembla
por cierto cumpliría las reglas de su oficio
y haría un buen pan que tendría las formas
del rostro de Salvador
lo comeríamos en silencio cuando anochece
y así quedaría en nosotros mucha de la fuerza
del compañero asesinado
Tampoco cuesta imaginar que si la muerte al abuelo
no lo hubiera buscado
podaría sabiamente las ramas de la viña
para que otra vez su vino fuera una fiesta
lo pondría sobre la mesa
larga y de madera perfumada que resiste todo
como la patria de Salvador
la luna brillaría sobre la tierra
y el aire del patio sería el espeso aire
de las minas de cobre
por las que también luchaba
el compañero asesinado
El resto de nosotros no tiene buen oficio
las mujeres aman y sueñan
socorridas por la esperanza
arreglan la casa
o trabajan en inútiles oficinas
mi padre a su vez tiene los ojos azules
día a día más ausentes
y carga y descarga ese viejo revolver de
cowboy que nunca usó
Qué pueden ofrendar entonces
al compañero asesinado
más que una nueva tristeza o un brindis
de duelo en una vieja historia
Y si hay un oficio para esta noche
francamente estéril / acaso macabro
es este de escribir / sobre el agua / en el viento
cuando las palabras son herramientas
que han perdido todo su conjuro
ya no calman al tigre ni detienen el veneno
y si digo Salvador Salvador no aparece
ni se para la sangre de su boca
ni mira una vez más los celestes
ni ayuda a crecer al árbol que amaba
y por más que grite miserables / asesinos
los miserables y asesinos
seguirán fusilando por la espalda
uno a uno
a los francotiradores de lo único posible
seguirán bombardeando las fábricas la minas
seguirán enlutando
paseando las perras del exterminio
por los barrios de Santiago y Valparaíso
Pero aún así las palabras
esta noche de duelo
son carne podrida
es necesario sacarlas
hasta quedar más desnudos que nunca
más en hueso todavía
la guerra es larga continúa
y nuestro es sólo el balbuceo
estamos aprendiendo a hablar y a caminar
Ven Salvador
deja por un instante los silencios
danos tu mano que nunca será fría
y sueña una vez más con nosotros
en voz alta en alto cielo
Ha llegado el día de mañana
Ha llegado y para siempre.
In memoriam de Jorge Di Pascuale;
cuyo cuerpo desaparecido en 1977 vuelve con nosotros…
*********************************************
Las sombras del ayer abren sus puertas, detrás
está el abismo… la muerte sucede en el pasado…
Van y vienen los recuerdos, siempre ansiosos, encendidos,
como un caballo que galopa bajo una luna
todavía en sangre, casi seca…
Ahí está la noticia; llega entre nubes rojas,
sin que el cielo se inmute, ningún ángel levante
su espada, ninguno de los dioses ruja…
En la fosa clandestina, pasando el río
de las grandes mugres y la vida deshecha
Hay restos de un hombre…
30 años y más del ayer, desaparecido…
Que identificado por el equipo forense…
Resultó ser…un líder sindical…
De una generación que quiso construir
el cielo en la tierra, alguien dijo…
Y se quedaron desnudos
Y era invierno
Y para colmo llovía…
Nadie cubrió con flores sus huesos
Ni tejió los días de la eternidad…
Van y vienen los recuerdos… La liviandad
del tiempo nos espanta… El compañero dejó sus huellas
en los bordes de nuestros cuerpos…
Cuando la patota militar entró a los golpes en su casa dijo: Nunca
dejaré de odiarlos…
Lo torturaron mucho. La agonía fue lenta. Ni siquiera
la piedad de un tiro de gracia…
El compañero es una historia –o mejor una leyenda–
del buen amor –cuando todo tambalea–
y la mejor lucha en los campos de Octubre
Que resucita…
Mientras su muerte sin castigo embiste
a los gritos en la noche de los gritos
contra la paz del inocente sin memoria
que no sabe / no contesta / que con jeta
de santurrón vomita: en algo andaban…
pasaron tantas cosas…
El compañero ha vuelto a las andadas…
Su nombre alienta; otra vez galopa…
Su cuerpo estuvo en la tierra…
Humillado en la tierra…
Desaparecido en la tierra…
Su noche en la noche de las noches ha
tocado fin…
Otra vez está aquí
como una nube sobre el cielo de verano
alentando el fuego / moviendo los sueños
En el viejo sindicato de la calle Rincón
Donde tu alma es tu memoria…
Y ahora hablaremos de vos entre los compañeros,
y alguno preparará el mate, y te abrazaremos
Como si estuvieras en el aire…
Porque el aire siempre nos abraza…
Nadie pide clemencia / el barco sigue andando
entre las aguas bravas…
Vos estás con nosotros y las estrellas relucen…
Lejanas, muy lejanas, pero relucen…
Buenos Aires, diciembre de 2009
1. Oh, alma mía
Qué será de ti…
Ahora que la lluvia
Ha perdido la luz de tus pasos…
2. Oh, alma mía
Qué será de ti…
El viento que apagó el fuego
Arde en el mar del último desierto…
3. Oh, alma mía
Qué será de ti…
La noche consume el brillo
Que anunciaba la rosa del alba…
4. Oh, alma mía
Qué será de ti…
Mil sombras desnudan el olvido
Nadie besará tus labios fríos…
5. Oh, alma mía
Qué será de ti…
Ese cuerpo que yace sobre el silencio oscuro
Gozó alguna vez con tu amoroso abrazo…
6. Oh, alma mía
Qué será de ti…
Si la voz que despertaba el júbilo
Es hoy apenas una ofrenda de llantos…
7. Oh, alma mía
Qué será de ti…
Sudamos las ataduras de la muerte
Sin otra paz que el tormento…
8. Oh, alma mía
Qué será de ti…
No hay piedad para el final de tu secreto
Sopla el sol un triste sudario…
9. Oh, alma mía
Qué será de ti…
Mientras la belleza aún en agonías
No redima las huellas del espanto…
10. Oh, alma mía
Qué será de ti…
Sufres ante el eterno combate
De las músicas con las tinieblas…
11. Oh, alma mía
Qué será de ti…
Todavía en la fragilidad, no temas
Aunque mueran los que aman, el amor no cesa…
12. Oh, alma mía
Qué será de ti…
Ceniza eres desde el dolor, no temas
Ceniza de un sueño que renace enamorado…